viernes, 26 de febrero de 2010

CUARTO MENGUANTE: 1- EL DIARIO

CAPITULO 1: EL DIARIO

-¡Kiara! ¡A tu cuarto!- el grito de mi madre me taladró el oído. Seguro que hasta los vecinos del último piso lo habían escuchado.
-Sí, mamá- respondí sarcásticamente y lo más alto que pude para representar la farsa ante los vecinos de familia “normal”.
Y es que hace poco que nos mudamos de casa. De una casa a las afueras de un pueblo oscuro y gris, a un céntrico piso en una ciudad enorme. Ésta era la forma en la que nos protegíamos, mi familia y yo. Así, yo podía tener la libertad de andar por la calle, pero sin andar demasiado lejos, para que mi familia pudiera protegerme.

Con este nuevo piso, podía ir a la compra, a clases… sin moverme más de unos 30 metros como mucho, así si existía algún peligro, mi padre lo sabría e inmediatamente bajaría a buscarme sin peligro de exponerse al sol, ya que los edificios eran tan enormes en esa manzana, que las calles siempre estaban a la sombra y medio en penumbras. Aparte de que en esa zona nunca daba el sol, también había kilómetros y kilómetros de túneles subterráneos por los que mi familia paseaba para llegar a cualquier rincón de esa ciudad. Si los demás vampiros lo utilizaban, ¿por que no probar nosotros, no?

Bueno como no tenía mucho que hacer, ya que los deberes me los sabía de memoria desde hace algunos años (el inconveniente de ser inmortal), me dediqué a estrenar el diario de mi 18 cumpleaños que me regaló mi tía Rosalie.

“4 de noviembre:
Me llamo Renesme Cullen Swan (también conocida como Kiara, aquí en Manhattan), hoy estreno este diario. No se porque estoy escribiendo, quizás porque me aburro y porque estoy castigada, como siempre.
Bueno para comenzar mi historia, tendré que contar, que aunque suene extraño, soy hija de un vampiro y una humana, que se convirtió en vampiro para vivir eternamente con su amor. De ahí que yo parezca mayor que ella, soy una especie de hibrido raro, algo que nunca se debería de haber producido.
Mi familia y yo somos llamados los engendros que no deberían de existir, somos una anomalía de la naturaleza.
Bueno a lo que iba, parezco mayor que mi madre porque ella es inmortal, se quedo congelada en el tiempo con una belleza asombrosa, en cambio yo soy medio humana y crezco mas deprisa de lo normal, dentro de poco debería morir y renacer en un cuerpo inmortal para toda la eternidad, pero tengo miedo.”

-Menuda chorrada que acabo de poner- dije en voz alta.
Se que no lo va a leer nadie pero aún así, da vergüenza ajena, más o menos como todo lo que se escribe, pero cuando dices en voz alta lo que piensas te parece la mayor tontería del universo. Sin embargo, hay algo de razón en todo ese párrafo sarcástico, las dos últimas palabras.
Quizás parezca absurdo, siendo quien soy, alguien que no va a morir nunca, que es fuerte, que tiene una familia que daría todo por ti... pero también existen amenazas en nuestro mundo.
Tengo miedo a que nos descubran, que nos separen… y es que el dolor que causa el miedo en el corazón, no se puede comparar a ningún dolor físico. Eso es lo que nos hace ser tan vulnerables como a los humanos.
No quiero ni imaginar que pasaría si nuestro mundo se expone a los humanos, ¿nos comprenderían? Estoy segura de que todos, no. Supongo que nos analizarían y seríamos conejillos de indias, perseguidos, aniquilados… Todos tememos a lo que no conocemos.
Mi familia, sin embargo es distinta, quizás porque fueron humanos en su tiempo, por ello jamás harían daño a nadie. Y yo, bueno, mi mitad humana me hace conocerlos mejor.

Mi padre actuaba de vigía para proteger a la familia, escuchaba los pensamientos de los demás y si alguien empezara a concebir sospechas, nos avisaría con tiempo para poder quitarnos de en medio con facilidad. Había ocurrido de vez en cuando que algún humano con una imaginación despierta nos había identificado con los personajes de un libro o una película. La mayoría de las veces se convencía de su error, pero era mejor trasladarse a otro lugar que arriesgarse a un examen. Rara vez, muy rara vez, alguien adivinaba la verdad y no le concedíamos la oportunidad de comprobar su hipótesis. Simplemente desaparecíamos, para convertirnos como mucho en un recuerdo aterrador…


De pronto entró mi madre en mi habitación, haciendo que me despertase de mis pensamientos absortos.
-Cariño, ¿qué te apetece cenar?- dijo con su voz tintineante y entre susurros.
-Lo que quieras mamá- y de pronto me di cuenta y rectifiqué- … digo … Bels.
Mi madre se quedó atónita, con los ojos como platos. Hizo un mohín y se sentó en la esquina izquierda de la cama, mirándome perpleja. Yo sabía que nuestra nueva situación no era ni mucho menos la adecuada, nos dolía a todos.
-Hija, ya sabes que tenemos que fingir delante de todo el resto de la gente, pero no quiero que esto afecte a nuestra relación madre-hija. Me da igual el teatro que tengamos que montar, el punto es, que sepamos ser una familia normal en esta casa o en cualquier otra. Que fuera de esta jaula seamos personas distintas no significa que en nuestra intimidad rompamos nuestros lazos familiares. Hija, la verdad que esta situación me duele tanto como a ti.- dijo acongojada.
Me erguí encima de la cama, estas conversaciones siempre me dejaban fuera de onda, digamos que me tocaban muy adentro, pero intenté continuarla como pude, a pesar que me hacía daño recordar que siempre tendría que fingir una vida que no es la mía, que siempre iba a estar encerrada en una cárcel, con barrotes de oro, pero siempre una jaula que era mi propia casa. Miré a mi madre a la cara, intentando recomponer los pedacitos de corazón tirados por esta habitación que con tanto gusto había decorado mi abuela.
-Mamá, no te preocupes, estoy bien de verdad. Todos estamos bien, y nos estamos adaptando a esta nueva …situación o vida o lo que sea. Hasta tía Rose está medio feliz.
-Hija, a mi no me engañas, estás harta de esto, lo se, o ¿te crees que no me doy cuenta?- Ahora si que me dejó en jaque, no sabía o no quería saber a lo que se refería. – Hija, yo se lo que piensas aunque no me lo digas.
-No me digas que papá …- empecé a fliparlo. Odiaba que mi padre leyera los pensamientos y se los contase a mi madre.
-No, no es eso. Te conozco. Eres tan transparente que se te nota en los ojos, en la cara, en la forma en que te mueves. Hija, últimamente estás triste y como extraña. ¿Qué es lo que va mal?
-Uff, no sabría ni qué decirte, es que ni yo misma lo se. Y no es que sea por la pequeña perturbación familiar, ni nuestra nueva reorganización genealógica, es… que siento algo, no se explicarlo, como que algo va a cambiar, algo ha cambiado y no se que es.
No se que es lo que dije, pero mi madre se levantó de la cama, como huyendo de la conversación. Acomodó el edredón de color blanco con hojas verdes para que no le quedase ni una arruga, se giró hacia la puerta que se encontraba justo enfrente de la esquina de la amplia cama y me dijo cambiando el tema. –Voy a preparar la cena, debes tener hambre, oigo el rugir de tu estómago desde esta distancia.- y salió como un rayo cerrando suavemente la puerta de color blanco tras de si.
Me quedé como aplanada, mirando la puerta y dejé la mente en blanco. Me puse a mirar mi habitación nueva.
Era pequeña en comparación con las otras que había tenido en las otras ciudades, pero claro era un piso céntrico, y aunque era muy caro, seguía teniendo los metros justos.
La habitación la había decorado mi abuela Esme con un gusto exquisito como siempre. La puerta era blanca que contrastaba con el verde suave de las paredes. A la derecha de la puerta se encontraba un gran armario marrón claro, con los acabados en madera más oscura, siguiendo en esa dirección, al lado se encontraban unas tablas horizontales del mismo color del armario recorriendo el resto de la pared. Lo utilizaba para dejar figuritas en la parte superior, libros, discos… y otros objetos que usaba cotidianamente, la parte inferior la usaba para los zapatos y algunas cajas con recuerdos. En frente se encontraba mi mesita de noche, por supuesto a juego, con una minilamparita a cuyo pie se encontraba mi diario junto a un vaso de agua. Ahí al lado estaba yo tumbada en la cama, sobre el edredón blanco con hojas verdes claritas a juego de la pared, y recostada contra el cabecero marrón claro. Al otro lado de la cama otra mesita con otros objetos, entre ellos el odiado despertador con trinos de pájaro.
Fue el regalo de mi tío Emmett, el muy gracioso, sabía que me gustaba despertarme con el canto de los pájaros en mi antigua casa, y es que vivíamos en mitad de un prado, y se le ocurrió la brillante idea de comprarme un despertador con ese tono. La verdad es que se recorrió varias ciudades hasta encontrar el tono perfecto.
Al lado de la mesita estaba un espejo enorme, para que “me cogiera entera” según mi tía Alice, ése fue su regalo. Bueno Alice y Jasper me regalaron ése espejo alargado y redondeado para que no tuviese esquinas, siempre usaban precaución por si me rozaba en las piernas y me daba por sangrar, ya que sería un peligro, aunque Jas había aprendido a controlarse de forma magnífica.
Bueno toda la familia se había acostumbrado a mi sangre, desde que pasé de mi forma de niña a la adolescencia. En mis primeros meses de menstruación, tenía a toda la familia histérica y con un hambre voraz. A Jas se le tuvieron que llevar a otro estado para que se recuperase del ansia que le entraba, pobre tío, la verdad es que lo pasó realmente mal.
En fin que el espejo iba, por supuesto acompañado con un vestidor completísimo. Se que todo lo había elegido Alice, Jasper no era muy bueno para los regalos y dejaba que ella comprase todo ya que era su ilusión, fiestas, alegrías y por descontado, regalos, miles de regalos. No me faltaba de nada, vestidos de fiesta, de diario, ropa de deporte, casual, blusas, chaquetas, cazadoras, pantalones de todos los colores y tamaños, sandalias, zapatos, botas… tardé más de una semana en verlo todo, y es que mi tía se emociona regalando ropa y complementos. Muchas cosas que no entraban ya en ningún armario de la casa las doné sin estrenarlas, a regañadientes de Alice, que siempre ponía pegas “esto te quedaría bien cuando vayamos a…, esto es monísimo…ni se te ocurra”. Recuerdo que tuvimos unas pequeñas discursiones con lo que regalaba y lo que no.
Al lado del espejo (donde me había probado toda la ropa de Alice) estaba una ventana blanca con unas cortinas que combinaban con el edredón. En la pared que queda estaba instalado mi escritorio para estudiar, con su ordenador, impresora… y todos esos cachivaches típicos de un estudiante, con baldas llenas de libros y fotos nuestras.
Después de recorrer toda la habitación con la mirada, recordando cada instante vivido, volví a la realidad y regresé a pensar en aquello que me dolía. Fingir que mis padres y mis tíos, eran mis hermanos, y mis abuelos, tenían que hacerse pasar por nuestros padres.
Cogí el diario pretendiendo escribir y así sacar lo que me molestaba.

Entonces recordé las palabras de mi padre, Edward, cuando llegamos a Manhattan:
-“Aquí, Bels y yo, ya no podemos ser tus padres, aparentas nuestra edad, por eso Rosalie y Emmett se encargaron de ese detalle durante los años anteriores.
A partir de hoy, Carlisle y Esme, serán tus padres ante el resto del mundo.”

Lo grabé a fuego en mi diario.
Odiaba tener que cambiarlo todo, mis padres nunca podían comportarse como tal delante de la gente. Me fastidiaba llamarlos tíos, aún así tenían algo de autoridad sobre mí y me hacía sentirme como lo que soy, su hija. Pero a partir de hoy, serían mis hermanos, yo no se comportarme como hermana, pues nunca había tenido hermanos, ni siquiera adoptados como Rose, Alice y papá. Me molestaba cambiar los roles, ¿cómo podría fingir delante de la gente que ellos son mis hermanos en vez de padres y tios? No se quitarles autoridad, me sentiría mal, y sé que ellos también lo pasarían fatal. Ya no podrían llamarme “tesoro” y cualquier palabra cariñosa de mis padres dirigida a mi, sin que esa palabra denotase nuestro verdadero parentesco.
Simplemente, mi madre no soportaría ser mi hermana.
Mi tía Rose, otro tanto de lo mismo. Se acostumbró a llamarme “hija”, ahora sé, que con este nuevo cambio, se la rompería el corazón. Para ella fui lo único que nunca tuvo, lo que siempre deseó y lo que, por desgracia, nunca tendrá.
Por parte de mis abuelos no había problema, auque en el fondo sufrían al ver cómo nos afectaba a todos este cambio. Se les hacía raro llamarme “hija” en vez de “nieta”, pero aún así el cambio era mínimo, ellos aún tenían autoridad, por llamarlo de algún modo.

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