lunes, 1 de marzo de 2010

CAPITULO 2: EL CUMPLEAÑOS

Mi cumpleaños fue… como decirlo, horrible, como siempre y desde que tengo uso de razón, no puedo mezclarme con la gente normal. Así que no pude invitar a amigos a mi fiesta de cumpleaños, porque básicamente no tengo amigos.
Siempre estamos viajando debido a la inmortalidad de mi familia no nos podemos quedar en un lugar fijo, además ahora nadie se creería que soy hija de Edward y Bella, ya que ahora tengo su misma edad. Por ello Rosalie ha sido mi madre durante algún tiempo, algo que ella necesitaba como el respirar para los humanos. Emmett, mi tío y mi fingido padre durante algunos años, se lo ha pasado en grande, sobretodo asustando a mis pretendientes humanos.
Así que ese día vine de mi primer día de instituto ya enfadada, porque para mí era un día especial, me hubiese gustado celebrarlo alguna vez con mis amigos, pero nunca pudo ser.

Esa mañana me desperté temprano. Salí por la puerta de mi habitación, medio despeinada, me hice rápidamente una coleta mientras bajaba por las escaleras. Cuando estaba en el rellano de la cocina para ir a desayunar y Alice puso el grito en el cielo cuando me vio.
-¡Reneesme! y ¿el vestido que te tenía preparado encima de la cama?
-Lo siento tía. Hoy, mi primer día, no quiero llamar la atención. Prefiero pasar desapercibida, así que nada de vestidos, ni pomposidades.
Supongo que me vio estresada, no hizo ningún comentario al respecto. Comí muy poco, un par de tostadas un vaso de leche y lista. El resto de la familia supongo que lo entendía, ya que sólo se limitaron a decirme adiós y buena suerte.
Salí por la puerta de la calle, crucé ese umbral sin mirar a mi familia que seguro se apostillaba detrás de mí, pero no me giré. Oí un "ten cuidado cariño" de mi madre, su voz temblaba como un flan. Creo que estaba más nerviosa que yo, si es que eso era posible.
Bajé por las escaleras y escuché cuando cerraban la puerta despacio, estaban inquietos supongo, esperaban verme feliz o algo por el estilo, en cambio, estaba atacada. No se muy bien por qué, lo había hecho otras veces. Supongo que no era el cambio de colegio, ni de ciudad, ni de vida, ni de casa... o quizás fuese todo junto, no lo se. No tenía claro nada, solamente tenía el estómago encogido, estaba nerviosa, me temblaban las manos y esa angustia en el estómago o en la tripa que no sabría ni definir ni qué era, ni dónde se encontraba. Tenía ganas de correr, gritar... no se, de hacer algo que me relajase. Pero era inútil. Tenía en mi interior una fiera con ganas de saltar al mundo y sin embargo estaba enjaulada, quizás era una paradoja de mi vida.
El recinto escolar estaba muy cerca de mi casa, solo tuve que cruzar un paso de cebra, el cual estaba situado a unos cinco pasos de mi edificio, seguir la calle hacia adelante unos metros y girar hacia la izquierda. Ahí frente a mi izquierda se encontraba una carretera desierta, flanqueada por jardines y a un lado estaba mi destino.

Recorrí 2 calles, y allí estaba, mi nuevo colegio. Era lo bastante grande como para perderse el primer día. Constaba de 4 edificios, 3 de color rojizo el ladrillo y otro pintado de blanco, ése último tenía pinta de ser el gimnasio. Estaban colocados de forma laberíntica, conectados con pasillos con techos de color marfil, supongo para no mojarse cuando lloviese. Estaba inmersa en mis pensamientos, completamente ida, la gente se amontonaba a las puertas para entrar al recinto. Oía el jaleo como a lo lejos, como si estuviese a kilómetros de allí. Bueno para ser francos, mi mente estaba a mil kilómetros de allí. No pensaba en nada en particular, todo general. Pensaba sobre como había girado mi vida, la de mi familia, qué me depararía el futuro.... creo que solo me faltaba pensar en como solucionar la paz en el mundo. Era todo tan abstracto...
Y de nuevo ese olor otra vez... ese olor que tan familiar me sonaba de siempre, ese olor como a perro pero más fuerte. Ese olor que mis sentidos repugnaban, que mi nariz reconocía y que de un modo extraño rechazaba, en cambio, mi cerebro lo guardaba bajo llave. Ya era hasta amistoso, quizás olía mal pero en el fondo me encantaba cuando esporádicamente lo sentía.
Era como cuando mi abuela Esme preparaba las croquetas, el olor a huevo cocido no es que fuese delicioso, pero me gustaba. Sabía que algo bueno vendría detrás. Algo así era lo que presentía, pero no tenía muy claro el qué.
El caso es que ya había olido a muchos perros en la ciudad, pero ninguno como ese olor. Era como cuando tiras un perro al agua en verano, que huele extraño, bien pues ese olor parecido pero más fuerte. Y lo más extraño si cabe es que no veía ningún perro a mi alrededor en ese momento, de hecho ese aroma se presentaba cuando estaba completamente sola y sin ningún animal a mi alrededor.
Seguí andando, cuando entré en el recinto escolar, el cual se hallaba separado del resto de la calle por unas altas verjas rojas, el olor se disipó como las nubes en un día cálido.
Crucé el patio con canastas y porterías a cada lado, los chavales se amontonaban en corrillos al lado de las canastas y otros fumaban en la puerta, a pesar de estar prohibido.
Quizás lo hacían para demostrar quién mandaba, quién tenía la capacidad de desautorizar a los altos mandos institucionales, quién manejaba el cotarro, por así decirlo.
Los que llevaban más tiempo y los más mayores se concentraban en torno a las puertas, estaba claro que ya eran de la familia, ya que pasó un profesor y se quedó charlando con ellos y fumandose hasta la última colilla que les quedaba. Los conserjes abrieron la puerta al profesor discretamente y saludaron por el nombre a los que allí se congregaban.
Decidido, con esas personas no me convenía juntarme, ya que pronto abandonarían el instituto (lo cual era un problema si me hacía amigos y me quedaba ahí sola) o se quedarían ahí para siempre (lo que tampoco me convenía demasiado ya que empezarían un trato familiar), además llamaban mucho la atención, a mí me convenía pasar desapercibida lo más posible. Los chicos de las canastas tampoco eran buena elección, se notaba a leguas que eran los populares, las jóvenes promesas a relevar a los de la puerta.
Se les notaba en la forma de hablar, expresarse y reírse tan escandalosamente, sin contar que llevaban atuendos de pasarela en vez de ir a estudiar con ropa cómoda. De hecho vi a una chica que llevaba el mismo vestido que Alice me había comprado para mi 17 cumpleaños, lo cual me parecía exagerado para ir a clase, pero reconozco que en cualquier otro lugar destacaría más que un famoso. Era la típica "barbie" como mi tía Rose, eso sí, no creo que la llegase ni a la punta del zapato, pues superar a Rose era imposible.
De pronto, cuando estaba pensando en mi tía Rose y sus cabellos de oro, rememorandola con aquella chica de la canasta, otra chica se chocó con mi codo y desperté de mi voladora nube de reconocimiento grupal estudiantil.
-Perdona, no te vi, lo siento.- dijo la chica con tono asustado. Supongo que se asustó por mi pinta de vestir, mi cara de sueño y seguro que la miré de forma hostil cuando me despertó de mi letargo. Me la quedé observando mientras se alejaba despacio e inmediatamente mi mente dijo "ésta".
Era una chica no muy alta, llevaba el pelo corto y por capas, el cual le quedaba por debajo de las mejillas los mechones de alante y por encima del hombro la parte de atrás. Lo llevaba suelto y era negro y liso, tenía a un lado la raya y los mechones de alante los tenía sujetos por detrás de las orejas. Así se la podía ver la cara entera. Su piel era morena pero sin exagerar, por supuesto que no era tan blanca como yo, pero si que estaba bronceada. Sus ojos eran marrones oscuros, los cuales estaban cubiertos por unas finas gafas con montura al aire. Por la forma de mirarme en ese cuarto de segundo y el tono de su voz, me pareció la típica chica que pasa desapercibida, estudiante, callada y muy amable. Su atuendo era por el estilo al mío, un peto vaquero y una camiseta de rebajas, una chaqueta normalita y la mochila al hombro, nada de bolsos sofisticados como la rubia de las canastas. Aún así reconozco que era muy guapa también, no tenía nada que envidiar a los modelos de las canastas, lo único que lo llevaba escondido. Y éso precisamente era lo mismo que me pasaba a mí. Así que decidí ir a hacer una posible amistad.
-Perdona- la dije mientras la seguía los pasos. En ese momento se detuvo y se giró, yo me acerqué lentamente, no quería asustarla con mi forma de acercarme físicamente, eso es algo que he aprendido muy bien a manejar con mi familia y con mi entorno. El contacto físico, mirar, acercarte, hablar, el tono, expresiones... siempre teníamos que controlarlas, pues, a veces inpirábamos temor. Y ésta vez yo quería ser seria pero informal.
-Es que soy nueva, y exactamente no se dónde tengo que ir, me había quedado mirando al infinito y por eso me quedé inmóvil en mitad, no me había percatado que impedía el paso a la gente.- dije con tono suave, arrugando la frente en tono de preocupación e intentando dar algún tipo de lástima para que me aceptara.
-Oh, no te preocupes. Por ésto hemos pasado todos. Aún así yo iba detrás y no me fijé que estabas parada, debería haberme apartado.- dijo mientras esbozaba una leve sonrisa aunque seguía con un tono de preocupación.
Por ello intenté disiparlo, siendo más amable y social, algo que no es que se me diera muy bien, pero tenía la ventaja que lo practicaba a menudo.
-No te preocupes, estamos parecidas en el tema del despiste.- Sonreí, y ella inmediatamente me devolvió la agradable sonrisa aunque tímida. Decidí insistir en dar lástima.
-Oye, si no te molesta que te haga una pregunta. ¿En qué edificio de todos esta información o secretaría o cualquiera que me pueda ayudar a orientarme? Es que es todo tan grande que me da la sensación de que me voy a perder- mentí como una bellaca pero era la única forma de que me diese la oportunidad de seguir charlando y con suerte acompañarme hasta la zona informativa.
-Bueno- titubeó- En la zona de la derecha del edificio central está conserjería, si continúas el pasillo y lo doblas hacia la derecha está dirección y secretaría. Pero a estas horas no suelen abrir la puerta o quizás no haya nadie. Si quieres te acompaño a tu primera clase, tenemos 10 minutos para entrar en clase desde que abran las puertas, asi que tengo tiempo de enseñarte un poco por encima el mapa.
-Ay, muchisimas gracias de verdad.- dije totalmente apasionada y llena de alegría.
-De nada- me contestó ya con más firmeza. Mi plan estaba dando resultado, quizás estaba a punto de conseguirme una amiga, pues estaba completamente a disposición de ayudarme y lo transmitía en el tono sereno de su voz.
-Eres superamable, de verdad. Por cierto me llamo...- titubeé sin pensarlo, tenía que decir mi nuevo nombre falso y no se me venía a la cabeza en ese instante, casi meto la pata- Kiara. Y ¿tú? - solté de repente sin darme cuenta de que tono estaba usando, fue una coletilla rápida para escaparme de la metida de pata del titubeo. Esperaba que no se hubiese dado cuenta y así fue, porque me respondió muy alegre. Ya estaba perdiendo la timidez y ese miedo hacia mí inicial que tenía cuando se chocó.
-Hola Kiara, yo soy Jodi. Encantada.
-Oh! Jodi, pues también encantada.- Me precipité hacia ella para darla dos besos mientras decía la frase. Creo que fui un poco efusiva, pero ella reaccionó al segundo con una sonrisa y me dio también dos besos.
Fuimos hablando hacia la puerta de entrada, cuando sonó el timbre. Entramos de las primeras y continuó explicándome con todo lujo de detalles dónde se encontraban los baños, las clases, los despachos, las aulas de laboratorio… y cualquier ínfimo detalle que me sirviese de ayuda. Me guió hasta mi clase y me dijo que a la salida me vendría a buscar para acompañarme a todas las clases, me presentó a sus compañeros de almuerzo, pues parecía que esa chica era muy ocupada y no tenía ni amigos. No se llevaba mal con nadie, pero tampoco quedaba con nadie para salir, o al menos eso deducí por los comentarios que se realizaron durante el almuerzo.
Y por fin, después de una mañana ajetreada, salimos juntas del recinto y se despidió muy amable y cada una nos fuimos a nuestra casa por separado.


Nada más entrar en casa, Alice se abalanzó hacia la puerta, la cerró con la punta del pie con una suavidad y delicadeza que solo ella tiene y me vendó los ojos. Cuidadosamente me guió hacia el salón, sólo 3 pasos hacia delante y estiré mis manos. Toqué la puerta con mis dedos y me dijo “¿estás preparada?”, la verdad es que yo tenía un mal día, pero con la ilusión que prepara mi tía estas cosas no me quedó de otra más que decirla que estaba ansiosa, lo cual era verdad. Y me quitó la venda.
Al abrir las puertas correderas descubrí a todo el resto de mi familia alrededor de la mesa alargada que decoraba la parte central del comedor. Alice voló literalmente para situarse al lado de Jasper. Éste estaba justo al lado de Carlisle y Esme, que se encontraban en la parte derecha de la enorme mesa. Justo en frente de mí y presidiendo la soberana mesa, estaban mis padres. Mi madre estaba feliz, la verdad es que es la única persona a la que no la gustan las fiestas y las celebraciones, pero estaba tan radiante como el resto de la familia. Creo que la felicidad era contagiosa. Al lado izquierdo, estaban Emmett y Rose.
Sobre la mesa de madera de roble, por supuesto a juego del resto del mobiliario, se encontraba una tarta de 4 pisos. Era blanca y redonda, intuí por el olor que se trataba de nata, los bordes superiores estaban recubiertos por una fina capa en espiral de crema de fresas, lo que le daba un tono rosado oscuro. En la cuarta fila de esa escalera estaban los números que conmemoraban mi edad, 18. Eran en forma de vela y estaban prendidas, lo que daba a la tarta un adjetivo de adorable.
Por encima de la mesa y rodeando la tarta había un montón de paquetitos envueltos en mil colores distintos y alegres.
Mientras hacía un escáner rápido de la escena, mi familia se dedicó a entonar el feliz cumpleaños con una sonrisa de oreja a oreja. El tono de sus voces como siempre tan tintineantes y melódicos, hacían de un simple tarareo una orquesta sinfónica.
Me sentí abrumada por tanto esfuerzo y terminé sonriendo como la que más, creo que nunca me había sentido tan feliz después de estar enfadada como unos cinco segundos antes de ver esa escena. Me dolía la mandíbula de reír en cuanto vi la expresión de Alice y sus ojos saliéndosele de las órbitas en el momento en que me acerqué a soplar las velas.
-¡Reneesme! ¡Ya sabes que hay que pedir un deseo, cerrar los ojos y soplar! ¡Si no, no se te cumplirá!- dijo toda eufórica. Y es que mi tía para estas cosas era muy supersticiosa y todo se tenía que realizar con las normas humanas y todo tenía que ser perfecto.
- ¡Si ya lo se tía! Estaba fingiendo, sabía que me dirías justamente eso, sólo te quería poner a prueba. ¿Cómo no lo viste venir? – y estallamos todos en carcajadas.
- ¿Qué pasa Alice? ¿Te falla tu sexto sentido? – explotó Emmett entre risas.
Alice se echó a reír con una amplia sonrisa.
-Bueno, ya me conocéis. Soy una histérica para esas cosas. – dijo agachando la cabeza levemente y mirando de reojo. Si tuviera sangre, imagino que se habría sonrojado admitiendo la verdad.
De pronto, Alice se movió con una agilidad pasmosa alcanzando del mueble que se situaba justo detrás de ella una cámara de fotos. Así desviaba la atención y se dispuso a sacar unas instantáneas de todos los presentes. Después, se colgó la cámara en la muñeca y dijo:
-Antes de nada, tiene que abrir primero mi regalo, porque no es justo que todos salgamos elegantes en las fotos y mi sobrina sea la única no arreglada. – dijo con un tono de indignación. De hecho no me había dado cuenta de que todos estaban vestidos de gala, menos yo.
Emmett y Jasper estaban ataviados con unos vaqueros y una camisa, en tono informal pero arreglado. Tío Em como siempre llevaba los puños remangados de la camisa de cuadros roja y negra hasta por encima del codo y con los brazos cruzados como un portero de discoteca, mientras tío Jas tenía la camisa blanca impecable, sin una arruga y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, tan serio y elegante como siempre. Carlisle llevaba un polo color verde pastel que resaltaba sus ojos del mismo color y un pantalón blanco sujeto con un cinturón marrón estrecho. Esme tenía un vestido de tirantes y por encima de la rodilla del mismo color del polo de Carlisle. Él la tomaba de la mano de una forma adorable.
Mi madre tenía puesto una blusa morada conjuntada con un pantalón blanco de vestir, estaba muy discreta pero muy elegante vestida. Llevaba los botones superiores de la camisa abiertos, para lucir un colgante precioso color plata que la regaló mi padre. El colgante era ovalado y dentro poseía sus dos tesoros, una foto mía y otra de mi padre en blanco y negro. Mi padre la cogía por la cintura, también estaba muy guapo. Distinguí a ver unos pantalones negros y una camisa lila.
Alice, que me conducía de los brazos hacia un paquete enorme detrás de una de las puertas correderas, tenía puesto un vestido azul marino que destacaba sus rasgos más afilados. El vestido era por encima de la rodilla, ajustado a la cinturita que ella poseía y de manga corta, dejando ver sus brazos por debajo justo del hombro. Era de cuello barco, lo cual siempre la sentaba estupendamente, ya que dejaba ver su fino y blanco cuello de cisne.
Me volví sobre mí misma, girando 180 grados para quedar enfrente de ese enorme paquete alargado y que me superaba en altura y en anchura. Alice estaba impaciente, tanto que se puso detrás del objeto para ver mi primera reacción.
Con algo de nerviosismo cogí un extremo del lazo rojo que envolvía de arriba abajo y de derecha a izquierda ese enorme regalo y tiré con sumo cuidado. El lazo se desató con facilidad y cayó al suelo con elegancia y suavidad. Agarré el extremo superior del folio enorme que cubría la sorpresa y con fuerza tiré hacia abajo rasgándolo sin piedad, ante una mirada atónita de mi tía.
Me eché a reír, en cuanto vi ante mí, mi mismo reflejo. Se trataba de un espejo tamaño natural. Sinceramente me hizo gracia e ilusión al mismo tiempo.
Alice con un brillo en los ojos y una gran sonrisa, fue veloz como un rayo hacia una de las sillas que se encontraba alrededor de la gran mesa de roble y tiró de ella hacia afuera. Sobre su asiento, se encontraba una caja blanca rectangular y bastante grande como para guardar dentro un vestido carísimo, atado con una cinta amarilla de color del limón.
-El vestido- asentí con seguridad y una ancha sonrisa.
-¿Soy tan evidente?-dijo Alice con un gesto entre sorprendida y con la certeza de que todos sabíamos lo que conllevaba un espejo y su pasión por el vestir.
-Hombre, es que va a juego y en tu línea- saltó Em con esa parsimonia que le caracteriza.
-Pruébatelo- dijo Alice a medida que se iba acercando a mi posición. –A ver cómo te queda, seguro que bien, pero igual es grande. No te preocupes, por que se arreglarlo, pero es que la verdad lo encargué hace tiempo…
-Exactamente desde que cumpliste 3 años- señaló Em, intentando provocar una pequeña discusión divertida con Alice. Em me guiñó un ojo y yo le sonreí. Sabía perfectamente que le encantaba dar una chispa a cualquier conversación. Él era así siempre, y la verdad es que me encantaba reírme de todo, de cualquier tontería y Em siempre estaba dispuesto a complacerme en todo, para eso era su única y favorita sobrina.
-Bueno, a ver, lo vi en una tienda y no pude resistirme. Y como a mi cuñada seguro que no la iba a gustar tanto acoso de mi parte pues, decidí guardarlo.
-¿Acoso Alice?, ¡por fin lo reconoce!- estalló Em en carcajadas.
-Bueno Alice- apuntó mi madre- es que desde que entré en la familia no has parado de agasajarme de vestidos, y cuando nació René, y por ende me convertí, me compraste medio armario, porque te gustaba verme perfectamente a juego con mi hija. Por no hablar de todo lo que le has comprado a René desde que nació, no sabía qué hacer con tanta ropa y la tuve que donar casi toda. Sobre todo a la velocidad con la que crecía, y tú a la velocidad que comprabas. Ni ella misma te superaba en velocidad.
Alice se sonrojó y yo para hacerle un gesto de apoyo le tendí las manos con la palma hacia arriba:
-Vamos Alice, que no tengo todo el día como para abrir regalos, tendré que disfrutarlos algún año, es decir, cuando acabe de desempaquetar todo.- y le regalé una sonrisa a medida que expresaba mi estado de impaciencia.
-Oh, claro, perdona. Sube arriba a la derecha al fondo del pasillo está el baño, pruébatelo y mientras instalaremos el espejo en tu cuarto. Em deja de reírte y ayúdame.
Dicho y hecho, mientras yo sacaba de la caja los papeles translúcidos blancos que cubrían mi vestido, Em agarró el espejo por los flancos, parecía al cogerlo por la izquierda y por derecha como si lo estuviese abrazando de lo ancho que era el dichoso espejo.
Así que, salí del salón siguiendo a tío Em. No me había dado cuenta de que había cambiado de perfume. Todos lo hacíamos cuando cambiábamos de ciudad, para que no nos rastrearan. Mi tío siempre solía llevar esos perfumes suaves pero penetrantes que dejan el rastro después incluso de aplicárselo desde hace dos días. Mi padre y mi madre sin embargo les gustaba las colonias suaves y ligeras con suaves tonos frutales. Rosalie usaba casi siempre, aroma de rosas; así como Alice y Esme las encantaba el aroma más fuerte pero muy ligero. Carlisle y Jas usaban perfumes más fuertes, como posicionando su olor, junto con el de Em, como los fuertes de la manada. Menos mal que mi padre era más discreto.
El olor de la casa era de lilas, el típico ambientador que bombea cada hora y llena la estancia de un suave y rico aroma. Éste se había mezclado con el olor a vela, lo que me hizo recordar que las velas seguían ardiendo, esperándome a que me vistiese con las mejores galas para salir decente en las múltiples fotos.
Al cruzar el umbral de las puertas correderas, giré hacia mi izquierda, recorrí el pasillo estrecho que separaba con un fino tabique el salón de la entrada, hasta llegar a las escaleras blancas de madera. Subí las cuatro escaleras y giré en el mini descansillo de la escalinata, donde se ubicaba en una esquina una planta en el rincón muerto de ese descansillo. Por encima de esa planta que estaba subida en un taburete, se encontraba una foto de toda mi familia, con un marco de madera. Teníamos un rostro angelical y feliz. Continué subiendo las otras cuatro escaleras que me separaban del piso superior. Ya, cuando me encontraba justo en el borde del último escalón, levanté la mirada y descubrí que habían pintado las paredes de otros colores.
En un principio la casa entera estaba pintada de blanco, pero para darle un aire más juvenil y moderno acorde con nuestra apariencia, los chicos dijeron de pintar la parte de arriba de distintos colores.
Así, el hall del piso de arriba que se encargaba de distribuir las habitaciones y el baño, estaba pintado de un amarillo limón que le daba una sensación de amplitud.
La habitación que quedaba a la izquierda del todo estaba asignada para mis abuelos (a partir de ahora mis padres). Por supuesto, y como todos, tenían que fingir que dormían y que eran personas normales, así que, en un lado tenían una cama de matrimonio con el edredón blanco y lila, a juego con la pared, un armario y una mesita.
La habitación contigua era la de Alice y Jasper (mis hermanos), estaba decorada prácticamente igual excepto porque tenían literas y el color de la pared era salmón. La central era la mía, era la más espaciosa y grande, total, yo era la única que la iba a usar.
La siguiente era la de mis padres (también conocidos como mis hermanos aquí en Manhattan). Y otro tanto de lo mismo, pero en este caso la habitación era azul. Ya en el margen izquierdo estaba el baño. Era el típico baño azul cielo y blanco muy bonito. Con una ducha, un lavabo y demás accesorios de color blanco con los remates azules.
Abrí la puerta despacio, con el vestido colgando de mi otro brazo y di la luz. Alice ya había subido los zapatos y me los había colocado al lado del cesto de mimbre donde colocábamos la ropa sucia. Cerré la puerta y me coloqué casi en el centro del baño. El cuarto era más bien estrecho, al fondo estaba la ducha con una mampara translúcida. Al lado derecho justo entre la ducha y la puerta estaba el váter, seguido del lavabo. Enfrente del lavabo había un radiador de pared que cubría buena parte de ella, debajo del radiador y enfrente del váter estaba el cesto de mimbre.
Dejé cuidadosamente el vestido colgando de una especie de percha, que en realidad era un colgador de toallas situado a un margen del radiador.
Me giré y me vi en ese espejo gigante y cuadrado con las esquinas blancas.
-Uf madre. Que pinta tengo- dije con desánimo mientras cerré con el tapón la cuenca y dejaba que por el grifo corriese libremente el agua tibia. La verdad es que mi primer día en la escuela no había ido del todo bien, lo cual se reflejaba en mi rostro.
Había madrugado después de todo un verano relajante, me había puesto lo más informal que tenía para no llamar mucho la atención, lo cual había provocado una pequeña discusión con Alice. Ella me había comprado para mi primer día, un atuendo demasiado sofisticado para mi gusto, unas botas y un conjunto de blusa y falda. Y yo lo que hice fue ponerme unos vaqueros desgastados, las zapatillas que había llevado todo el verano y una sudadera. Me había atado una coleta y a correr. La verdad parecía una yonki, como mi tía me sugirió a primera hora de la mañana. Tenía cara de sueño y de mal humor, lo cual empeoraba mi estado lamentable.
Me deshice rápidamente de ese atuendo y me enfundé en ese vestido color crema que resaltaba mi piel bronceada. Sinceramente yo nunca me habría puesto ese color, pero Alice siempre acertaba con el tono de piel, realmente era una experta en moda.
Me solté el pelo y me lo peiné con cuidado, pues este verano me había crecido de forma desmesurada, quizás era por mi rápido crecimiento. La melena me llegaba por la mitad de la espalda, le tenía cortado en forma de “V”, lo cual hacía que por la cara me quedase por encima del hombro y la punta me llegase casi hasta el final de mi espalda.
Me volví a mirar en el espejo.
-Esto no hay quien lo arregle.- susurré mientras dejaba el cepillo a un lado de la cuenca llena de agua tibia. Cerré el grifo y metí las manos. Mientras las unía para hacer un cuenquito y coger agua para llevármela a la cara y así despejarme, Alice tocó a la puerta.
-Creo que necesitas algo de ayuda. ¿Puedo entrar?- dijo amablemente.
-Claro, pasa. Esto es una emergencia mínimo.- la contesté con tono serio. Ella abrió la puerta y se rió a mi espalda.
-Vamos tampoco estás tan mal. Un retoque nada más.
-Pues date prisa, por que creo que hay un pastel que va a salir ardiendo- dijo Em con una sonrisa interrumpiéndonos.
-Muy gracioso, cariño. Di que no sobrina, siempre estás guapísima- encaró Rose a Emmett.
-Por cierto, el espejo ya le ha colocado, aquí el mastodonte- continuó Rose refiriéndose a Emmett con una sonrisa burlona.
-Bueno, todos para abajo- dijo mi madre que se encontraba detrás de Rose y Em.
-Eso- replicó Alice. –Que no me dejáis crear mi obra de arte.-
-Os dejo chicas. Ya veré el resultado. Alice por favor no me la pongas muy pimpolla y daros prisa.- respondió mi madre mientras seguía los pasos a mis tíos.
-A sus órdenes- la replicó Alice.
En menos de un minuto, Alice había hecho un trabajo espléndido, me había ahuecado el pelo para que no quedase pegado y como lo tenía liso no necesitó ningún otro retoque. Me lavé la cara, me la sequé y cerré los ojos. Sentí las frías manos de mi tía unas tres veces y cuando los abrí, ella tenía una expresión de haber hecho un buen trabajo. Me senté encima del cesto y me puse los zapatos y al levantarme me miré por última vez al espejo. La cara de empanada me había desaparecido, estaba natural pero a la vez muy guapa. No se que potingues me había aplicado mi tía en 30 segundos pero estaba perfecta.
-¡Guao Alice! No se como lo haces, pero gracias.- la dije mientras me daba la vuelta.
-Un placer- dijo ella mientras bajaba por las escaleras.
Apagué la luz y bajé por las escaleras. Retorné el estrecho pasillo blanco y entré en el salón de nuevo.